Conceptualización de la competencia lectora: componentes y evolución
1. ¿Qué es la competencia lectora? ¿Qué son las prácticas educativas informadas desde la investigación?
Posiblemente, la lectura es una de las habilidades más relevantes que aprendemos en nuestra infancia, puesto que no solo abre la puerta a innumerables aprendizajes, sino que además sienta las bases de la mayoría de la formación educativa futura. Esta habilidad, además, es importante para el desarrollo personal y social del individuo (National Early Literacy Panel, 2008). Para que nuestro alumnado aproveche al máximo este proceso, es esencial que desarrolle una sólida competencia lectora.
Para comprender mejor este complejo y dinámico proceso de aprendizaje, es importante detenernos en el concepto de competencia lectora, que en muchas ocasiones se confunde o reduce a otros. La competencia lectora es un concepto muy amplio que incluye y va más allá de la comprensión lectora. Es una habilidad que comporta tanto la práctica de la lectura y su comprensión como el uso de la misma, es decir, la capacidad de usar el conocimiento obtenido de ese texto en diferentes contextos. Aunque existen diferentes propuestas de conceptualización de la competencia lectora, la que tomaremos como referencia la define como «la capacidad de comprender, utilizar, reflexionar e interactuar con textos escritos con el objeto de alcanzar objetivos, desarrollar conocimientos y participar en la sociedad» (OECD, 2019: 34).
Por ello, mientras que la comprensión lectora se centra en el individuo —en sus habilidades cognitivas, metacognitivas y emocionales para interpretar el texto—, la competencia lectora añade una dimensión más social y pragmática, vinculada a la capacidad de aplicar lo comprendido en la vida cotidiana. De ese modo, la comprensión lectora se centra en procesos de la persona tales como la realización de inferencias, la interpretación y la construcción de significado. La competencia lectora, como ya señalábamos, incluye todo esto y, además, se amplía a otros aspectos, como la reflexión crítica, la evaluación del texto y la aplicación de lo aprendido en el mismo. En conclusión, entendemos que un lector competente, lo es porque tiene capacidad de descifrar, comprender e interpretar lo escrito en toda su magnitud —desde lo literal hasta lo inferencial o simbólico —, reflexionar al respecto, unirlo y compararlo con otros conocimientos adquiridos, y utilizar lo aprendido en relación con diferentes ámbitos de la vida (ver Figura 1).

Figura 1 Características y Relación entre Comprensión Lectora y Competencia Lectora
Cuando hablamos de la competencia lectora, nos referimos a una habilidad compleja: mientras leemos, se ponen en marcha distintos procesos y conocimientos. Por ejemplo, el marco teórico de PISA señala:
la competencia en lectura incluye una amplia gama de competencias cognitivas y lingüísticas, desde la decodificación básica hasta el conocimiento de las palabras, la gramática y las estructuras lingüísticas y textuales más amplias para la comprensión, así como la integración del significado con el conocimiento del mundo. También incluye las competencias metacognitivas: la conciencia y la capacidad de utilizar una variedad de estrategias apropiadas al leer textos.
A partir de esta caracterización, resulta imprescindible subrayar que dichas habilidades no se desarrollan de forma espontánea ni automática. Por el contrario, requieren una enseñanza sistemática, intencional y explícita. Solo a través de una intervención educativa estructurada y deliberada es posible fomentar un desarrollo sólido y eficaz de la competencia lectora.
Como ya hemos comentado, el desarrollo de esa competencia lectora se considera una destreza esencial (ver Figura 2). Es fundamental para el aprendizaje de nuestro alumnado, ya que nos permitirá:
- Desarrollar lectores competentes, es decir, personas capaces de comprender, interpretar y extraer conclusiones de textos en función de distintos objetivos.
- Fomentar el pensamiento crítico, que es una habilidad clave para reconocer información engañosa y evaluar la fiabilidad de un texto.
- Potenciar el pensamiento autónomo, lo que les permitirá analizar la información y tomar decisiones fundamentadas por sí mismos.

Figura 2 Qué define a un lector competente
En este sentido, el desarrollo de una buena competencia lectora ayudará a que nuestro alumnado se convierta en individuos informados, reflexivos e independientes, capaces de desenvolverse con solvencia en contextos comunicativos y académicos cada vez más complejos y exigentes.
Esta habilidad se construye a lo largo de muchos años, o más bien durante toda la vida, y es fundamental cultivarla desde una edad temprana. Para ello, se hace imprescindible utilizar las mejores estrategias de enseñanza, aquellas que garanticen los aprendizajes más sólidos y duraderos. En este sentido, la práctica educativa informada desde la evidencia cobra especial importancia, ya que nos permite al profesorado facilitar la información acerca de los métodos respaldados por la investigación, asegurando que las decisiones educativas se tomen teniendo en cuenta también lo que la investigación nos corrobora que funciona. En definitiva, el profesorado tiene que considerar y tomar en valor la elección de los principios instruccionales que, escuchando a la práctica informada desde la investigación y teniendo presente su contexto, ha demostrado ser más eficaz.
Las prácticas educativas basadas en la investigación son aquellas estrategias y métodos de enseñanza que se sustentan en fundamentos científicos y estudios suficientemente justificados. Su finalidad es mejorar la calidad de la educación, la enseñanza y el aprendizaje del alumnado, es decir, se sirven de datos e investigaciones para guiar la toma de decisiones pedagógicas. Así, cuando el profesorado aplica estas prácticas basadas en la evidencia, puede tener la tranquilidad de saber que está utilizando estrategias efectivas basadas en la evidencia para mejorar la enseñanza y el aprendizaje.
Cuando nos disponemos a enseñar una habilidad tan primordial y relevante como la competencia lectora a nuestro alumnado, queremos tener la certeza de que la estrategia que llevaremos a cabo en nuestra propuesta didáctica será útil y efectiva. Para ello, es importante que nuestras prácticas educativas se nutran de la evidencia, lo que significa que tienen que sostenerse en tres pilares fundamentales (ver Figura 3):
- La investigación educativa: la educación informada desde la investigación nos ayuda a conocer qué prácticas educativas han mostrado su efectividad en diversos contextos. Por ejemplo, en la enseñanza de la lectura, la educación informada desde la investigación nos dice que la enseñanza explícita de la conciencia fonológica y de las reglas de conversión grafema-fonema son eficaces para el aprendizaje inicial.
- Nuestra experiencia como docentes: a medida que desarrollamos nuestra práctica profesional, también vamos adquiriendo una serie de conocimientos sobre cómo aprendemos, cuáles son las estrategias que mejor se adaptan al aula y de qué manera podemos ajustarlas en cada caso. No todo lo que dice la investigación se puede aplicar de forma directa en el aula, y aquí nuestra experiencia y nuestro criterio profesional tienen un papel fundamental para ajustar y contextualizar la enseñanza a las diferentes situaciones que se pueden dar en el aula.
El profesorado tiene un papel crítico y activo durante la toma de decisiones, como no podía ser de otra manera, pero la investigación tiene un papel importante; no es que se usen las aportaciones de la misma como meras prescripciones. Son una fuente más de información junto con el conocimiento práctico y el juicio de los docentes (Ferrero, 2020). Por tanto, como docentes necesitamos integrar los aportes de la investigación educativa a nuestra experiencia profesional. La investigación aporta conocimiento y una definición clara de los constructos que luego aplicamos en la enseñanza de la lectura.
- Las necesidades y fortalezas del alumnado, así como el contexto: si bien es cierto que cada aprendiz es único y, como consecuencia, también lo son sus intereses, preferencias, posibles desafíos en el aprendizaje etc. Los principios de la enseñanza-aprendizaje son generalmente comunes, salvo algunas cuestiones, que incluso esas, habría que ver hasta qué punto son de utilidad general. Y eso es una buena noticia ya que gran parte de las cuestiones que planteamos con alumnado entroncan con lo que ya sabemos que es bueno para la mayoría de los aprendices (Saldaña, 2022).
Por tanto, a la hora de atender la diversidad del aula, precisamos de conocimiento actualizado para que no suponga un coste de oportunidad. Conocer las características del grupo aula, así como el contexto donde se realiza la enseñanza (recursos, características del centro, apoyo familiar, etc.) son aspectos fundamentales para tomar las mejores decisiones en cuanto a la enseñanza de la lectura.
En definitiva, una escuela informada es una escuela capaz de tomar mejores decisiones y de llevar a cabo buenas prácticas.

Figura 3 Elementos de la práctica educativa basada en la evidencia (Benet y del Mar 2013; Briner et al., 2009; Dollaghan 2004; Sackett et al. 1996, 2000)
En el esquema anterior, podemos observar de qué manera se deben combinar los tres elementos antes descritos, para llegar así a tomar decisiones informadas en educación. No podemos únicamente atender la evidencia científica sin considerar la realidad del aula, pero tampoco podemos atender a la experiencia personal sin basarnos en lo demostrado como eficaz. También nos invita a tener ciertas actitudes necesarias para la enseñanza fundamentada en la investigación. Esas actitudes son, por un lado, la ética que nos permite reflexionar sobre lo mejor para nuestro alumnado; por otro lado la flexibilidad, generando la capacidad para variar las estrategias según las circunstancias; y humildad o receptividad para cambiar nuestra práctica si la investigación educativa muestra alternativas más eficaces. Finalizando con una actitud de aprendizaje continuo, dispuestos a explorar nuevos enfoques y a seguir creciendo profesionalmente.
Como se desprende del análisis de esta información, la educación informada por la evidencia no sostiene, en ningún caso, que la ciencia sea la única variable válida para tomar decisiones educativas, más bien destaca su importancia junto con otras fuentes de conocimiento, como la experiencia profesional y la adecuación al contexto. Esto es especialmente significativo en entornos educativos donde, hasta ahora, el uso de la evidencia científica ha sido limitado.
En resumen, la enseñanza de la competencia lectora (y cualquier otra enseñanza) debe darse únicamente a partir de la combinación de la enseñanza informada desde la investigación, la experiencia docente y el contexto del alumnado. Solo así seremos capaces de hacer intervenciones realmente eficaces y acordes al aula y al alumnado con el que se desarrollan. A este respecto, como señala Héctor Ruiz Martín, «que haya personas que aprendan a leer con independencia del método que usemos no significa que todos los métodos sean igual de eficaces. Los métodos más eficaces son los que dejan menos niños y niñas atrás».
Antes de tomar decisiones sobre el aprendizaje de la lectura, deberíamos plantearnos cuáles son sus cimientos, es decir, ¿qué habilidades tenemos que desarrollar para conseguir que nuestro alumnado tenga una buena competencia lectora?
Aunque es un punto en el que se profundizará más adelante, hemos de mencionar al menos aquellas «habilidades previas» que es necesario que el alumnado domine. Estas habilidades han sido ampliamente estudiadas por expertos en la lectura y respaldadas por el National Reading Panel (2000) (ver Tabla 1).
Tabla 1 Aspectos clave para el aprendizaje de la lectura (National Reading Panel, 2000)